El sabio de Tupiza

Viajando de Villazón a Uyuni hice una parada en Tupiza. Nunca había escuchado acerca de este lugar, por lo que busqué leer un poco de él, así me enteré de que allí vivieron los chichas a quienes conquistaron los quechuas, y lamenté desconocer tanto estos pueblos originarios, porque en la educación latinoamericana lo que ocurrió antes de que llegaran los colonizadores se pasa por alto. Me mejoró el humor leer también que, por su belleza, esta zona se ganó el nombre de “la joya de Bolivia”.

Cuando llegué al hotel era de noche. Me recibió el dueño. Me resultó un hombre tan humilde como señorial. Me vendió una cabalgata guiada al día siguiente. Ya en mi habitación vi desde la ventana cómo el cielo se nubló en segundos. Empezó a hacer frío al tiempo que comenzó a llover torrencialmente. El concierto del agua lo completaban los sonidos de los sapos y de quién sabe cuántas otras criaturas inundadas. Desde que crucé la frontera de Argentina (caminando bajo la lluvia, como nos pidió el conductor del bus que hiciéramos mientras fumigaban la unidad en contra de la fiebre amarilla), supe que para disfrutar Bolivia había que estar presto a recibir aguaceros. 

Al día siguiente, en cuanto me desperté, vi que ya era la hora de mi paseo. Me alisté volando. ASl bajar, me asombró lo jovencito y bajito que era mi guía, yo le llevaba casi un metro.

– Mucho gusto. Soy Daniel, pero, ¿qué edad tienes tú? -le pregunté

– Mi nombre es Brayan, tengo 11 años. ¿Está usted listo? ¿Vamos?

Caminamos hasta la caballeriza. Escogió para mí un caballo manso porque le dije que no era para nada experto. Me enseñó lo básico de montar a caballo, y él se subió a un caballo inmenso. Jineteando recorrimos caminos que parecían cicatrices de la naturaleza.

– ¿Te gusta tu trabajo? -le pregunté.

– Mucho, porque amo a mis caballos y porque cada vez que paseo descubro algo nuevo.

Brayan me preguntó de dónde era yo, y cuando supo que mi ciudad estaba cerca del Mar Caribe me confesó que le encantaría saber lo que se siente al ver el mar. Me dijo que él jamás había viajado, porque si se iba, ¿quién cuidaría de sus caballos?

Luego de dos horas en las que atravesamos valles y montañas, llegamos a un lugar rodeado de rocas una sobre otra creando largas figuras que parecían estar haciendo equilibrio. Atamos los caballos para dar un paseo a pie y descifrar lo que veíamos. 

– Allá veo un monje (dije).

– Yo veo a un caballo. Casi siempre veo caballos, porque pienso mucho en ellos, y los caballos están felices o furiosos, depende de como me sienta.

– Estoy impresionado de lo maduro que eres para tu edad. Si ahora mismo la naturaleza te podría dar un mensaje, ¿cuál sería? 

– Que le gusta verme, y que vuelva pronto.

Le seguí haciendo preguntas. Era la primera vez que conocía a un sabio tan joven.

– ¿Te la llevas bien con la gente de Tupiza?

– Muy bien, cuando paso con mis caballos todos me saludan.

Era cierto. Nos topamos con varios lugareños que nos saludaron desde sus caseríos. Lo hacían con cariño: “¡Adiós Brayan!”, le gritaban mientras ondeaban sus manos. A su gente también le gustaba verlo y con sus sonrisas le pedían que volviera pronto.

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